Sobre raíles y adoquines: el tranvía de Barcelona como excusa perfecta para perderse
Existe una manera de viajar por Barcelona que casi nadie practica y que, sin embargo, lo cambia todo. No hace falta alquilar una bici, contratar un tour guiado ni madrugar para esquivar a las masas. Solo hay que comprar un billete de tranvía, sentarse junto a la ventana y dejar que la ciudad decida el ritmo.
El Trambaix y el Trambesòs —las dos redes que conforman el sistema tranviario actual de Barcelona— no son exactamente un secreto, pero tampoco aparecen en las guías de viaje con la insistencia que merecen. Circulan silenciosos, eléctricos, casi invisibles para quien llega con la mente puesta en la Sagrada Família o el Passeig de Gràcia. Y precisamente por eso son tan valiosos: te llevan a una Barcelona menos posada, más cotidiana, más honesta.
De dónde vienen estos raíles
Barcelona tiene una historia larga y accidentada con el tranvía. A finales del siglo XIX, los primeros coches tirados por mulas surcaban las calles del Eixample recién trazado, y para los años cuarenta del siglo pasado, la red llegaba a casi todos los rincones de la ciudad. Pero en los años sesenta y setenta, como en tantas otras ciudades europeas, los tranvías fueron desapareciendo poco a poco, víctimas del automóvil y de una visión del progreso que hoy nos parece cuanto menos discutible.
No fue hasta 2004, coincidiendo con el Fòrum de les Cultures, que Barcelona recuperó el tranvía. Primero el Trambesòs, que conecta el centro con el litoral norte. Luego el Trambaix, que se adentra hacia el suroeste, pasando por Sarrià y Les Corts. Dos líneas que, durante años, han funcionado como vasos comunicantes entre barrios que el metro no siempre alcanza con la misma fluidez.
El Trambaix: Sarrià y Les Corts a cámara lenta
Si tuviéramos que recomendar una sola experiencia tranviaria en Barcelona, probablemente sería esta: coger el Trambaix en la parada de Plaça de Francesc Macià y dejarse llevar hasta el final del trayecto.
Los primeros minutos transcurren por la Avinguda Diagonal, esa arteria que parte la ciudad como un cuchillo. Pero en cuanto el tranvía se aleja del centro, algo cambia. Las fachadas se vuelven más bajas, los árboles más generosos, el ruido más amable. Llegas a Les Corts y de repente estás en otro mundo: mercados de barrio, terrazas sin pretensiones, abuelos leyendo el periódico en bancos que no han cambiado desde los ochenta.
La parada de Zona Universitària merece una mención especial. Aquí, la Pedrera y el Born quedan ya muy lejos en el imaginario colectivo. Lo que hay es el campus de la UB, con sus jardines abiertos y sus estudiantes comiendo bocadillos en los escalones, y una sensación de ciudad que respira sin corsé. Si bajas aquí un martes a mediodía, puedes comer en alguno de los bares de menú que rodean la facultad por menos de doce euros y sin una sola carta en inglés a la vista.
Más adelante, el tranvía se acerca a Sarrià-Sant Gervasi. Esta zona tiene fama de barrio bien, y en parte la merece, pero también esconde una textura urbana genuina que merece la pena rastrear: calles con nombre propio, comercios de toda la vida, alguna plaza con fuente donde el tiempo parece haberse detenido de forma deliberada.
El Trambesòs: el litoral norte que nadie visita
La otra línea, el Trambesòs, recorre la fachada litoral hacia el norte, por barrios como el Poblenou, el Besòs y Sant Adrià. Es, si cabe, aún más desconocida para el visitante convencional, y eso la hace especialmente interesante.
El Poblenou ya no es ningún secreto —el boom del 22@ lo convirtió en destino de moda hace años—, pero el Trambesòs te lleva más allá. Hacia la Rambla del Poblenou, que es básicamente lo que la Rambla del centro podría haber sido si no se hubiera convertido en una atracción turística: ancha, arbolada, con terrazas donde la gente se sienta a hablar en vez de a fotografiarse.
Si sigues el trayecto hasta el final, llegas a zonas que el turismo convencional ignora casi por completo. El barrio del Besòs, con su mezcla de historia industrial y vida de barrio, o los alrededores del Parc de la Ciutadella vistos desde el otro lado, desde donde los locales lo viven en domingo.
Cómo usar el tranvía como herramienta de exploración
Hay una forma de aprovechar estas líneas que va más allá del simple desplazamiento. La idea es sencilla: compra un billete integrado (el mismo que usas para el metro o el autobús) y traza un recorrido sin destino fijo. Baja en una parada que te llame la atención por el nombre o por lo que veas desde la ventana. Camina veinte minutos en cualquier dirección. Luego vuelve a subir.
Algunas paradas que merece la pena tener en mente:
- Pius XII (Trambaix): Punto de entrada a una zona residencial tranquila con acceso a algunos de los mejores parques del distrito de Sarrià-Sant Gervasi.
- Rambla del Poblenou (Trambesòs): Baja aquí para desayunar en alguna de las cafeterías de la rambla y pasear sin prisa por una de las arterias más auténticas de la ciudad.
- Parc de la Ciutadella (Trambesòs): Aunque el parque es conocido, el acceso desde el tranvía te sitúa en una entrada diferente, menos transitada, que da a los jardines de una forma más íntima.
- Zona Universitària (Trambaix): Perfecta para mezclarte con el Barcelona de los estudiantes y comer bien sin gastar demasiado.
El placer de ir despacio
Hay algo casi terapéutico en el tranvía que el metro no puede ofrecer: la ciudad pasa ante ti sin que tengas que hacer nada. No hay que consultar el mapa, no hay que contar estaciones bajo tierra. Solo hay ventana y paisaje urbano cambiando a una velocidad que el ojo puede seguir.
En una época en que viajar se ha convertido a menudo en una carrera de checkpoints turísticos, coger el tranvía en Barcelona es casi un acto de resistencia. Es decirle a la ciudad que no tienes prisa, que estás dispuesto a descubrirla en sus términos, no en los tuyos.
Y Barcelona, cuando la tratas así, suele corresponder con creces.